sábado, 29 de noviembre de 2008

Comentario del Evangelio Domingo 1º de Adviento


La sed de Dios


La falta de agua, especialmente en las personas mayores y en los niños, puede tener consecuencias muy graves. También hoy entre nosotros la sed de Dios, la falta de vida que solo Él comunica, tiene síntomas muy diversos. Un vacío existencial que lo hincha todo de vaciedad; la falta de valores grandes y firmes; la poca alegría auténtica tapada muchas veces con toda clase de ruidos; el consumismo desenfrenado, etc. Todos éstos son síntomas de sequía espiritual. Aceptemos que existen entre nosotros esta sed de Dios aunque reciba otros nombres.
“Quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás“ Sin dudad se trata del don de su Espíritu, pero hay que buscarlo.
El primer paso en su búsqueda es reconocer nuestra sequía. No hay que ignorarla, sino ser bien consciente de ella. La lluvia del Espíritu va cayendo sobre los corazones abiertos al cielo, los que oran, escuchan a Dios en el día a día, en los demás, en los pobres, en los ruidos o soledades del corazón. La tierra da su fruto cuando es tratada debidamente. Nuestro espíritu sediento se llena del Espíritu cuando ora, contempla, canta, escucha el Viento o se sumerge en el mar de la Belleza.
La sequía espiritual de los hombres es total. Más que nunca este adviento nos ha de acuciar la sed de Dios y hemos de intentar saciarla.
Si de verdad recibimos al Niño Dios, quedaremos saciados de su vida y la comunicaremos al mundo por necesidad, gratuitamente y con nuestro testimonio.

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